viernes, 20 de septiembre de 2013

Mountain Ultra 2013

Corriendo contra el clima




Los preparativos

"¿Donde está el límite?" es el lema del ultrafondista español Josef Ajram.  Y aunque mi límite está seguramente bastante antes del de Josef, creo que es una buena síntesis de lo que me impulsa a mí -y sospecho que a la gran mayoría- de los ultramaratonistas aficionados.

Ya que nuestras condiciones y en muchos casos nuestra edad nos impiden aspirar a alguna de las clásicas propuestas del atletismo –“citius, altius, fortius”-, decidimos inconscientemente agregar un cuarto factor, resistencia.  Y entonces nos dedicamos a buscar siempre pruebas más difíciles, para demostrarnos que somos capaces de cumplirlas.

Este año la “resistencia” se traduce para mí en la "Mountain Ultra," una carrera con formato similar a Sables pero en sólo cinco días, sin diferencias en la distancia, lo que hace cada etapa más larga.  Y con el agregado de ser en terreno montañoso, corriendo casi todo el tiempo por encima de los 3.000 msnm.  El nombre de la organización (“Beyond the Ultimate”) y su lema (“Nothing tougher”) prometen ser una buena medida para la resistencia.  Y si bien toda empresa tiende a exagerar las cualidades de sus productos, al final me daré cuenta de que ésta hace un esfuerzo honesto para que el nombre y el lema por lo menos no parezcan desubicados.

El entrenamiento se hace muy llevadero porque por primera vez tengo compañeros: con Dientes, Rubia y Pinta estamos preparando la Transalpina, una carrera de ocho días en los Alpes, un mes más tarde (esta sucesión de carreras seguramente es parte de la resistencia, pero de eso hablaremos en el próximo relato).

La logística tampoco es un gran problema porque la experiencia -y la colección de materiales- de carreras previas ayuda, aunque siempre estoy con la preocupación de la complacencia, por lo que me obligo a revisar la lista una y otra vez tratando de imaginar todas las necesidades que pueda tener en la carrera.  Y al mismo tiempo buscando los elementos más livianos, ya que si bien el "más liviano” no puede considerarse un objetivo en sí mismo, contribuye decididamente para que la resistencia no lo sea más de lo estrictamente necesario.   Pero más allá de algunos malentendidos con los elementos obligatorios, todo transcurre sin problemas.



Llega la hora

Todo llega y el momento de viajar también.  Como siempre pongo en el bolso de mano casi todo lo que necesito para la carrera, excepto lo que sé que no me van a dejar subir al avión (cuchillo, geles, bastones, etc.).  Pero sí llevo la comida deshidratada y los carbohidratos en polvo que voy a usar en la carrera.

Sabiendo que es un viaje a EE.UU. esto me provoca un poco de ansiedad -raro, ¿no?- porque temo que me lo cuestionen.  Pero por suerte paso los dos controles de seguridad -el general del aeropuerto y el específico del vuelo- sin problemas.

Mi destino es Montrose, en Colorado, un aeropuerto pequeño, sencillo y moderno, del estilo del de San Martín de los Andes en Argentina.  De hecho, Montrose es un aeropuerto menor que sirve los centros de esquí, mucho menos importante que Aspen o Gunnisson.  Todo es muy rápido y eficiente -creo que es el único vuelo que llega en el día-, me entregan mi bolso de mano al pie de la escalera y a los pocos minutos aparece mi valija en la cinta.  El transfer me está esperando y me dice que con suerte llegamos en una hora y media.  11:30 estamos en camino.

Me sorprende el clima.  Bastante más caluroso de lo que esperaba y el sol se hace sentir.  Quizás Wes, el director de Beyond…, se haya equivocado también con la temperatura máxima de 25º que nos había informado.

Enseguida el camino empieza a subir y las laderas de las montañas se cubren de bosques.  Espero que buena parte de la carrera sea así.

Las primeras impresiones de la organización no son de las mejores.  Llego a la pizzería fijada como punto de reunión, veo una bandera de la carrera, pero los mozos no saben por qué está ahí.  Decido esperar junto a la bandera y veo una pareja sentada cerca.  Les pregunto si van a la carrera y me dicen que sí.  Resultan ser Mimi Anderson, probablemente la mejor ultramaratonista británica de todos los tiempos y dueña de varios récords mundiales, y su marido, que no corre pero va a trabajar como voluntario.  Me dicen que Wes fue a recoger a alguien y vuelve enseguida.

Conversamos mientras pedimos el almuerzo y me voy enterando de algunas cosas que me sorprenden.  Aparentemente somos sólo 15 inscriptos -no tenía ni idea porque el sitio no había publicado una lista de participantes-, que el día anterior llovió todo el día, y que esa noche no es obligatorio ir al campamento.

Mientras tanto se van sumando otros corredores.  Cuatro daneses simpatiquísimos, un sudafricano, y Alex, un abogado inglés residente en Francia con una historia de vida muy particular: cinco años atrás, a los 36, le diagnosticaron Parkinson y desde entonces se dedica a recaudar fondos para investigación sobre la enfermedad.  Su último proyecto es correr 10.000 km en carreras oficiales en cuatro años.

Finalmente llega Wes y nos dice que efectivamente no hay nada que hacer ese día y que somos libres de dormir en campamento o en hotel.  Me pregunto para qué nos reunió antes entonces, pero paciencia.  Por suerte consigo una habitación en el mismo hotel donde están los daneses y allá voy.

Cenamos todos juntos en un pub -¡qué difícil es comer sano en Estados Unidos!-, y Wes nos da las últimas indicaciones: a las 13:00 nos recoge en el hotel para ir al campamento base y el equipaje en depósito lo entregamos recién una hora antes de la largada al otro día.  Me voy a dormir temprano porque estoy bastante cansado.



Día 0—Crested Butte, los preparativos

Me despierto temprano, termino de armar la mochila -feliz porque pesa solo 6,95 kg sin agua a pesar de que a último momento incluí la campera impermeable, decisión que sería acertadísima- y bajo a esperar el traslado.  De casualidad me encuentro con Mimi que me dice que Wes publicó en Facebook que el traslado sería a las 15:30 y no a las 13:00.  Empiezan a molestarme todos estos cambios de último momento y la falta de una comunicación clara, pero decido tomármelo con calma y pensar sólo en la carrera.

Mimi me pregunta si quiero acompañarlos a dar una vuelta por el pueblo pero prefiero quedarme en la recepción del hotel descansando y terminando de leer "Corriendo con los keniatas".

De a poco van llegando los otros corredores, tan poco informados como yo.  A los ya conocidos se agregan Pierre -canadiense-, Tommasso -italiano-, y cuatro locales.  Me doy cuenta de que ya no me impresionan tanto mis compañeros como sí me pasaba en otras carreras.  Excepto dos de los locales que sí me parecen marcianos, los demás me parecen normales, casi como yo.  Pero entre charla y charla empieza a aparecer la verdad. Simon -uno de los daneses- es un ultramaratonista destacado y viene de ganar la "Jungle" de esta serie.  Su objetivo claramente es volver a ganar.  Camilla, su novia, a pesar de ser muy joven, también viene de ganar la "Jungle".  Jonas, otro danés de solo 25 años, tiene 9 h 30' en Ironman.  Ryan, uno de los locales, tiene 2 h 25' en maratón.  Evidentemente no es un grupo de principiantes.

Finalmente llegan Wes, Drew -el director de la carrera- y todo el staff.  A causa de la lluvia deciden hacer toda la previa en el hotel.  El control de equipos es muy minucioso y eficiente.  Charla médica muy profesional a cargo de Trevor, charla técnica muy clara de parte de Drew, aunque me deja un poco preocupado el tema de la señalización: nos dice que como casi toda la carrera es por senderos en muchos casos no vamos a ver marcas, ya que éstas están concentradas sólo donde hay cruces o desvíos, y que en el resto usemos el "sentido común".  No me convence mucho la explicación.

La última parte de la charla es a cargo de Wes, que nos entrega una campanilla para espantar a los osos y un aerosol para tirarle a los ojos en caso de que no se vayan.  No entiendo cómo se le puede ocurrir que nos vamos a acercar lo suficiente para echarle el aerosol.  Y viene la sorpresa final: tampoco esta noche estamos obligados a dormir en el campamento, nos pasarán a buscar mañana a las 7:00 por el mismo lugar y ahí mismo entregamos el equipaje que vamos a ver sólo al final de la carrera.

La decisión no me alegra del todo: habría preferido dormir esa noche en el campamento para poder probar el equipo y hacer algún ajuste si hiciera falta.  Pero tampoco voy a dejar pasar la oportunidad de dormir cómodo y abrigado.  Me apuro por conseguir lugar en el mismo hotel y me voy a la habitación.  Para comer un poco más sano no salgo y uso lo que había preparado para el campamento: comida deshidratada para la cena y granola para el desayuno.  A las 21:00 ya estoy en la cama.



Día 1—The Mountains

6:45 estoy en la recepción del hotel y ya se nota la ansiedad.  Está bastante fresco pero no llueve.  Hoy son 43 km con 1.344 m de desnivel total, estimo poder hacerlo en 7 horas, pero con un amplio margen de error.

7:45 Drew nos dice que vayamos a la largada que está a 200 m del hotel.  Fotos individuales para el recuerdo y a las 8:00 largamos puntuales.


Relajados antes de largar

La salida es bastante caótica.  Simon pica en punta pero equivoca el camino y a los gritos nos hacen volver por el camino correcto.  Eso me deja en punta por un momento, pero ahí me equivoco yo.  Otra vez los gritos correctivos y quedo literalmente último.  Espero que la señalización sea un poco más clara más adelante.

Entramos en un sendero muy angosto y no tengo posibilidad de pasar a nadie.  Estoy perdiendo tiempo pero la carrera es muy larga y no hay que obsesionarse.  Cuando aparece un claro paso al que tengo inmediatamente adelante y así al poco tiempo quedo octavo y puedo empezar a correr a mi ritmo.  Ya perdí de vista a los cuatro primeros -Simon, Jonas, Ryan y Lucas-, a lo lejos veo a Allan y Camilla y a una distancia razonable a Mimi.

Entramos en un bosque y escucho el grito de Mimi, "un oso".  La alcanzo y me confirma: "vi un oso, pero no pude sacarle una foto".  Me deja pasar porque vengo un poco más rápido que ella y enseguida siento que atrás mío algo corre hacia mí.  Pego un salto sugestionado por el grito de Mimi pero resulta ser simplemente un perro de una familia que estaba paseando.

El sendero termina en un camino y no veo marcas.  Allan y Camilla ya no están a la vista.  Mi "sentido común" me dice que tengo que tomar el camino cuesta arriba y así hago.  Después de unos minutos oigo gritos de Mimi.  No entiendo lo que me dice pero sospecho que me llama.  Bajo y me dice que hay una marca cruzando el camino.  Es verdad, pero no hay ningún sendero y aunque la cinta es igual tiene una inscripción extraña.  Decidimos que no es una marca del carrera y volvemos cuesta arriba por el camino.  Después de un kilómetro más o menos encontramos una marca que nos lleva a otro sendero.  Ahora estamos tranquilos.

Empieza una trepada bastante dura y me quedo solo.  El calor se hace sentir, aunque por suerte todavía hay árboles que lo hacen menos pesado.  Llego a los 3.300 msnm, que es el punto más alto de la etapa y empieza una bajada muy complicada.  Si bien no hay rocas, es un sendero muy angosto y desparejo.  Me ayudo con los bastones pero me siento bastante torpe.  Me recuerdo que tengo que mejorar en las bajadas, que es mi punto más débil.

Termina la bajada, otra pequeña subida, unas pocas lajas que me hacen recordar a Cuatro Refugios -pero mucho más sencillas-, otra bajada y llego al tercer puesto de control.  Otra vez el sendero termina en un camino, otra vez no veo marcas y otra vez mi "sentido común" me dice que vaya cuesta arriba.  Sería la decisión correcta, pero debo hacer más de un kilómetro sin ver una marca y preocupado por si estaría o no en el lugar correcto. 


La llegada es en un campamento, en las afueras de Crested Butte.  Antes de llegar cruzamos algunas calles y no hace falta ningún corte:  simplemente la organización marcó los cruces por las sendas peatonales.  Apenas ponemos un pie los autos frenan sin dudar.  Las ventajas de correr en un lugar donde se respetan las normas.



Tengo la agradable sorpresa de que hay baños y de que la organización colocó unos gazebos para protegernos de la lluvia -la premisa era dormir a la intemperie-.  Ocupo un lugar, me "lavo" -un repaso de todo el cuerpo con una toalla súper absorbente embebida en agua jabonosa primero y agua limpia después-, me pongo mi ropa de algodón, me abrigo, almuerzo y me pongo a charlar con los demás mientras intercambiamos impresiones sobre la etapa y esperamos a los restantes.

Antes de caer la noche Drew nos exige que pongamos toda la comida de cualquier tipo dentro de una camioneta porque más tarde pueden bajar osos que siguen el olor a comida.  Le pregunto si está seguro de que nosotros no olemos a comida para los osos y no me responde.  Para hacerlo más fácil sacamos las cosas esenciales y entregamos la mochila.

La noche es la prueba de fuego.  Por un lado estoy mejor preparado que muchos porque mi bolsa de dormir es para 2º y las de la mayoría para 12º.  Pero yo tengo un bivysac que no respira y pienso usar sólo en caso de emergencia, mientras los demás tienen bivys que respiran.  Por suerte los gazebos y aislantes provistos por la organización facilitan las cosas y duermo sin problemas sin usar el bivy. 



Día 2—Paradise

Amanezco bien, sin problemas serios, más allá de tener las piernas un poco cansadas.  Mientras desayuno y me preparo me entero que Pierre y Hurricane no van a largar hoy porque no se sienten bien.  Decidirán más adelante hacer alguna otra etapa, pero ya están fuera de la carrera.

Hoy son otros 43 km con un poco menos de desnivel -1.144 m- y menos idas y vueltas: unos 10km prácticamente llanos, después una subida, y una bajada hasta la llegada en la ciudad de Marble -donde nos dicen que está el mejor mármol de Estados Unidos, que se usó por ejemplo para construir el Lincoln Memorial.

Largamos y rápidamente se forman grupos: Simon, Jonas, Ryan y Lucas adelante; Allan, Camilla, Mimi y yo atrás.  De a poco siento que el ritmo es un poco alto para mí y los dejo alejarse.  Veo como también Lucas va quedándose del grupo de punta y se une al segundo grupo.  Más adelante Lucas tampoco puede mantener ese ritmo y lo termino pasando.  Me dice que tiene dolores de cintura, al final abandonaría antes de terminar la etapa.

Hoy el día está nublado y el calor no se hace sentir.  Empieza la subida y alcanzo a Mimi, a la que evidentemente la altura no le hace bien con su asma.  Me siento bien, voy a un ritmo tranquilo pero constante.  Llego a Paradise, a los 3.400 m y empieza la bajada.  Aguda.  Con rocas.  Otra vez me digo que hay que practicarlas más pero ahora estoy acá y tengo que enfrentarlas.  Con cuidado, porque es mejor perder tiempo que torcerse un tobillo, pero tratando de mantener el ritmo.



A medida que me acerco a la ciudad de Marble van apareciendo casas y la gente sale a preguntarme qué estamos haciendo.  Todos son muy atentos, sorprendidos por la prueba y me dan aliento.

Unos 5 km antes de la llegada me alcanza Tommaso.  Me dice -con razón- que las bajadas técnicas son lo suyo y por eso recuperó tiempo.

En la llegada otra vez todos esperando y alentando.  Y otra vez el ritual de "lavado"-cambio de ropa-almuerzo.  Otra vez estamos en un campamento pero con dos diferencias importantes: el baño tiene agua caliente, lo que hace el lavado menos sacrificado; y hay un río cerca donde sumergir las piernas.  El agua está helada pero le viene muy bien a mis músculos.

Antes de que lleguen los últimos se concreta la amenaza de lluvia que duraría toda la noche.  Por suerte los gazebos nos protegen y paso otra noche tranquila. 



Día 3—The Bear

Hoy la etapa es de 56 km con más de 2.000 m de desnivel.  Por suerte hay varias subidas y bajadas, lo que la hace más amena a mi gusto.  La largada no es del campamento sino que nos van a transportar en 4x4 unos 7 km.  A las 6:00 tenemos que estar listos y Drew nos dice que tenemos que pasar el km 43 antes de las 14:30 porque luego viene una subida muy complicada y el tiempo no promete buenas cosas.  Pienso que no debería tener problemas, pero como siempre en estos casos mi estrategia es asegurarme el tiempo límite y después seguir tranquilo.

A las 6:00 salimos puntuales pero el viaje se hace más largo de lo esperado.  El camino es realmente malo y a pesar de la capacidad de los conductores avanzamos muy lentamente.  Finalmente largamos a las 7:00, y por eso Wes extiende el tiempo límite a las 15:00.  De todos modos perdimos 30' netos de carrera, por lo que ya no me creo tan sobrado como antes.

Empezamos con una subida bastante dura, las posiciones son las de siempre: los cuatro daneses y Ryan adelante, atrás Mimi y más atrás yo.  Casi a mitad de la primera subida alcanzo a Mimi que ya empieza a sufrir la altura.  Sigo por el sendero hasta que se termina y no se por dónde avanzar.  Me alcanza Mimi y juntos encontramos el camino.


Es uno de los lugares más lindos que vimos hasta ahora.  Un manto de flores silvestres en medio de las montañas verdes.  Es un placer estar ahí.  Por otra parte, estos lugares con poco desnivel son los que más me cuestan.  Mis cuádriceps estallan de dolor y me cuesta correr aún en el llano.  Prefiero decididamente las subidas empinadas o aunque sea las bajadas técnicas, donde siento que pierdo menos tiempo.  De golpe me doy cuenta de algo -obvio, dirá Ud., querido lector, pero más complicado para un cerebro en deuda de glucógeno como el mío-: ¡no estoy tomando nada para reducir la inflamación!  Seguramente un poco de paracetamol reduciría la inflamación y el sufrimiento.  Me hago una nota mental para consultar a Trevor, el médico, mientras me maldigo por no haberlo pensado antes, y sigo adelante.


Mimi viene atrás mío a un ritmo bastante desparejo: me alcanza y se vuelve a quedar mientras parece que está sufriendo más de la cuenta.

Empieza una bajada interesante y Tommaso nos pasa a los dos.  Llegamos al segundo puesto de control y Mimi cae exhausta.  Entre Tim, su marido, y Drew la asisten.  Yo aprovecho para reponer agua y conversar un poco con Drew, que me dice que vengo bien.  "Sí", le digo, "pero estoy al límite con el tiempo de corte".  "Tranquilo", me responde, "seguí así que llegás bien".  Dejo el puesto de control unos segundos después de Mimi pero ya la perdí de vista.  Encaramos una subida bastante dura y tardo más de veinte minutos en alcanzarla.  La veo exhausta, pero sin ninguna posibilidad de aflojar.  Me sorprende la fuerza de voluntad de esta mujer, no es casualidad que tenga varios récords mundiales.

A medida que voy subiendo el tiempo desmejora.  Llueve.  Y después graniza.  Es un granizo fino, espero que no empeore porque estoy en un paso: el viento es terrible y no hay árboles donde guarecerse.  Evidentemente hace frío, pero no estoy incómodo.  El cuerpo sigue caliente.  No me parece que valga la pena parar para ponerme la campera de lluvia.

El sendero se bifurca y no hay marcas.  Otra vez maldigo a Drew y trato de discernir donde hay pisadas frescas.  Por suerte tomaría la decisión correcta, más adelante aparecen las marcas.

Unos cuantos kilómetros más adelante lo veo a Tommaso que viene hacia mí.  "¿Qué hacés?", le pregunto sorprendido.  "No hay marcas, debe haber otro camino".  Le digo que no, que no hay caminos alternativos y que fue así toda la carrera.  "Yo sigo", le digo sin dejar margen a dudas.  Me acompaña y a los 300 m encontramos una marca. 


De a poco se va quedando.  Yo trato de acelerar porque siento que estoy al límite del tiempo de corte, apretando los dientes para soportar el dolor de los cuádriceps.  Otra bajada y otro puesto de control.  "¿Cuánto falta al punto de corte?", le pregunto a Trevor.  "Cuatro millas", me dice y me alivio porque sé que con un poco de garra llego antes de las 15:00, "y ahí se termina la etapa por el mal tiempo," agrega.  La noticia me saca toda la presión.  Aprovecho para preguntarle qué me recomienda para los cuádriceps (paracetamol mejor que ibuprofeno) y sigo a un ritmo más relajado.  Un par de kilómetros más adelante alcanzo a Camilla que viene rengueando por una contractura, y en la llegada están Drew y Allan (Simon, Jonas y Ryan ya habían ido en auto al campamento).  "¿Viste que llegabas?," me dice Drew contento de haber acertado en su pronóstico.

Le digo que esperemos a Camilla, Tommaso y Mimi antes de ir al campamento porque deberían estar cerca.  Efectivamente Camilla llega a los pocos minutos y atrás llega Tommaso que empieza a despotricar a los gritos que no debería haberse cortado la etapa y que el circuito está mal medido porque su GPS le da más de 43 km.  Drew lo escucha con paciencia budista mientras Allan y yo le decimos lo que se merece. 

Llega Mimi y nos abraza entre llantos.  No hay dudas de que forzó su cuerpo al límite. 


Llegamos al campamento en camioneta.  Tengo frío.  Me lavo, me abrigo con lo poco que tengo, como y me meto en la bolsa de dormir.  A pesar de que hay un río cerca no me animo a entrar en el agua helada.  Mis piernas se tendrán que conformar con el paracetamol.

En el campamento todos hablamos de la etapa de mañana:  los 80 km -"83", precisa Drew para evitar cualquier tipo de críticas-.  Tenemos seis subidas importantes y otras tantas bajadas, todo a más de 3.000 msnm.  Ryan dice que estima un tiempo de 13 horas.  Eso me desanima.  "Si para vos son 13, para mí son 20," le digo exagerando sólo un poco.  Imaginaba un total de 15 horas, pero ahora creo que 18-19 es más realista.  El conoce el terreno mejor que nadie.



Día 4—Aspen

Amanezco muy bien a pesar de que sin dudas fue la noche más fría.  El paracetamol ha hecho maravillas en mis piernas.  Me lamento sólo de no haberlo tomado antes.

Otra vez tenemos un tiempo límite en el km 43, después de la tercer bajada, pero es de doce horas.  Calculo que no debería tener problemas, a pesar de que el pronóstico es de lluvias todo el día.  Otra vez mi estrategia es llegar apenas antes del tiempo de corte y luego seguir tranquilo.

Jazmin, Alex y Hugh deciden hacer una versión reducida largando desde el tercer puesto de control.

Largamos a las 6:00 puntuales.  Hoy no hay prácticamente terrenos llanos, comenzamos con una subida y todo el tiempo tendremos desniveles importantes.  Otra vez los grupos se ordenan como de costumbre.  Simon, Jonas y Ryan adelante; Camila y Allan un poco más atrás; Mimi que les sigue el ritmo al principio; después yo y más atrás Tommasso.

Lentamente Mimi se va quedando hasta que la alcanzo y corremos un tramo juntos.  Empieza la lluvia.  A diferencia de ayer, cuando el clima era más templado, hoy hace frío y decido parar inmediatamente para ponerme la campera impermeable.  Mimi hace lo mismo y enseguida nos alcanza Tommasso que también se abriga.

Seguimos.  Termina la primera bajada y empieza la segunda subida.  La lluvia se hace más fuerte y el frío más intenso.  Me digo que tengo que parar a ponerme la remera térmica pero no puedo parar bajo esa lluvia porque se mojaría toda y perdería efecto.  Sigo unos cuantos minutos hasta que encuentro un grupo de árboles donde guarecerme.  El proceso de sacarme la mochila y la la campera, ponerme la remera térmica, y volver a ponerme la campera y la mochila me lleva exactamente catorce minutos.  Tengo las manos entumecidas y es muy difícil hacer el mínimo movimiento.  Pero finalmente lo consigo.  Mientras tanto, Mimi y Tommasso, que habían quedado un poco atrás, me pasan.

Sigo bajo esa lluvia y la cabeza empieza a tratar de mantenerse ocupada.  Primero me surge una pequeña preocupación.  En ese momento estoy último –ya que Jazmin, Alex y Hugh largaron de más adelante-, por lo que si me pierdo o me pasa algo van a tardar muchísimo en encontrarme.  Las marcas son escasas como siempre, y es más difícil estar atento o seguir huellas por la intensa lluvia.  Después pienso en el clima.  Agradezco haber puesto la campera impermeable a último momento, sin ella estaría obligado a abandonar.  Tengo las manos entumecidas del frío, pero el cuerpo está caliente, así que supongo que no voy a tener problemas en seguir.

Sigue la subida y alcanzo primero a Mimi y luego a Tommasso.  Otra vez no la veo bien a Mimi, pero su fuerza de voluntad es impresionante.

Llegamos a los 3.350 m, la “cima” de la segunda trepada y empieza la bajada.  Es muy incómoda.  El sendero es muy angosto –menos de 50cm-, de tierra colorada por donde corre el agua como si fuera un pequeño arroyo.  Trato de hacer malabares con los bastones para no caerme, pero no estoy cómodo.  Además no quiero ir muy despacio para no perder temperatura corporal.  Me resbalo varias veces hasta que en una termino sentado en medio de un charco.  Justo en ese momento me pasa Tommasso.

Sigo tratando de correr fuera del sendero, aunque tampoco me tranquiliza porque la vegetación no me deja ver el terreno irregular, pero parece un poco menos malo que los senderos.  Me doy cuenta de que al caerme perdí los lentes, ojalá Mimi los vea y me los traiga, pienso.  Enseguida me surge otra preocupación:  no encuentro el “Spot” en mi hombro con el que al final de cada etapa envío un “ok” a Dientes para que sepa que todo sigue bien.  Mi cabeza va a mil.  Pienso que se va a preocupar cuando no reciba el mensaje.  No sólo.  Si controla la posición del Spot va a ver que está en el medio de la montaña y va a creer que estoy abandonado ahí.  Me digo que le voy a tener que pedir a Wes que me preste un celular para llamar a Argentina, aunque me cueste la descalificación.  Cuando mi angustia está al límite me doy cuenta de que simplemente se había deslizado por la mochila y lo tengo en mi espalda.

Me alcanza Mimi –que no vio mis lentes-.  Está realmente mal, pero logra mantener un ritmo envidiable.  Como estamos más bajos hace un poco menos de frío.  Pero ella me dice que no está en condiciones de seguir, que va a abandonar antes de la próxima subida.  Me da mucha lástima, pero siento que no puedo contradecirla, es una campeona.  “Coraje te sobra, y vos conocés tu cuerpo mejor que nadie,” –le digo- “vos sabés lo que es mejor”.

La bajada se hace un poco menos empinada y puedo trotar un poco.  Empiezo a sentirme bien, el trote calentó hasta mis manos.  Llego al segundo puesto de control de muy buen humor y en broma les digo “¿Esta es la llegada?”  La respuesta me sorprende, aunque solo la entendería una hora más tarde:  “Sí, si vos querés que sea.”  Les digo que no, que estoy bien y que sigo.  Cargo poca agua porque el siguiente puesto está a sólo 7 km, justo antes de empezar la tercera subida.

Ahora voy por un camino de 4x4.  A los pocos minutos me pasan los voluntarios del puesto de control en una camioneta, con Mimi a bordo, y me preguntan si no quiero subir.  Obviamente les digo que no y sigo.  Llego al tercer puesto de control y el mensaje de bienvenida me sorprende.  “Fin de la carrera,” me dicen.  “¿Cómo?,” exclamo con una mezcla de sorpresa y desilusión.  Me siento bien, no tengo problemas en seguir, no me pueden parar acá.  “Hay una tormenta en el paso, Drew bajó cubierto de nieve, ya fueron a buscar a los tres primeros, el resto está esperando acá en la camioneta”.  Así era.  Aunque parezca increíble, a principios de agosto se desató una tormenta de nieve que anulaba la visión y aumentaba notablemente los riesgos.  Me tranquilizo y me doy cuenta de que era la decisión correcta.

Habíamos hecho unos 35 km, la etapa y prácticamente la carrera estaban terminadas.

Estamos muy lejos del campamento de Aspen –mucho más lejos en auto que corriendo-, así que nos llevan primero al campamento de Crested Butte para que comamos y nos cambiemos y luego salimos para Aspen.

En Aspen el campamento es de lujo:  un colegio secundario donde podemos usar las duchas de agua caliente.  Aprovecho para pesarme y veo que bajé sólo un kilo.  Vengo bien con la alimentación.

A Wes y Drew se les nota en la cara el alivio por haber reunido a todos los corredores en el campamento.  Evidentemente la situación era difícil en el paso.

El tiempo es Aspen es decididamente agradable.  Está fresco, pero no llueve.  Todos estamos contentos de haber vuelto y relajados porque la carrera prácticamente terminó:  mañana son 14 km hasta Snowmass con una pequeña subida y luego una bajada.



Día 5--Snowmass

Largamos a las 9:30, un par de horas antes de lo previsto ya que ayer terminamos bastante antes de lo esperado.  Empezamos con una subida por un sendero de trekking donde nos cruzamos con varios turistas.  Muy amablemente todos nos dan paso.  Bromeo con Hugh diciéndole que no es que sean atentos, sino que apestamos y quieren mantenerse lejos.

Seguimos, empieza la bajada, nos perdemos –para mí sería la primera y única vez en la carrera-, pero nos rescata a los gritos una de la voluntarias.  Volvemos y encaramos el camino correcto.  Desembocamos en una calle y camino abajo vemos la llegada.  Pero no tenemos que ir por la calle sino por un sendero zigzagueante.  Parece un gesto de sadismo de la organización, pero nos permite disfrutar de los últimos minutos de una hermosa carrera.  Llegamos de la mano con Hugh.  Nos esperan Wes y los que nos precedieron.  Nos colocan la medalla y se apuran a darnos una cerveza que nos apuramos más a disfrutar.  Misión cumplida.





Epílogo

Ha sido una hermosa carrera.  Muy dura, como lo prometieron.  Todavía un poco más a causa del tiempo.   No pudimos cumplir el recorrido completo, pero en este tipo de carreras eso está dentro de las posibilidades.  Bien organizada, con algunos errores, pero con una enorme voluntad de corregirlos y de estar siempre pendientes de los corredores.

En lo personal, más que satisfecho.  Primero por haberme sentido muy bien todo el tiempo.  Segundo por haber hecho nuevos amigos y compartido una semana con excelentes corredores.  Tercero, porque además cumplí con mi meta de tiempo:  fueron 30 h 44’ para mí, un 40% más que las 22 h 1’ con las que ganó Simon, bastante por debajo del objetivo del 50%.  Y si bien no pude cumplir con el objetivo de las posición general -terminé 6º entre los 14 que largamos, o sea en el 43%, bastante por debajo de la meta del 25%-, sin autojustificarme creo que es bastante difícil de cumplir en una carrera con tan pocos participantes.  De hecho para cumplir debería haber terminado 3º, algo fuera de mi alcance.

Dos frases harían mi experiencia más satisfactoria aún.  Wes, al despedirme, me dice:  “Te vi siempre en control, nunca parecías excedido”.  Y en parte se trata de eso al nivel que corro yo, esforzarse pero sin pedirle al cuerpo más de lo que puede dar.  Pero todavía más simpática fue la despedida de Simon:  “Gracias por mantenernos de buen humor toda la semana.”  Y también corremos para eso, para ser un poquito más felices.









sábado, 22 de diciembre de 2012


Jungle Marathon 2012
No solo correr




Los preparativos

"¿Cómo se entrena para una carrera como ėsta?"  La pregunta que Daniel colgó en mi muro de Facebook, debajo de la foto de un río que no tendríamos que atravesar sino recorrer corriente abajo 2 km antes de entrar en un pantano parecía más que lógica.  Si por entrenamiento se entiende simular gradualmente las condiciones de la competencia, era claro que a menos que uno pudiera -y quisiera- permitirse meses en el Amazonas no había forma de "entrenarse". 

La respuesta sin embargo me vino espontánea.  El entrenamiento es indudablemente fundamental para alcanzar la condición física que permita afrontar los 255 km con todos sus desniveles en el terreno pesado y bajo el calor sofocante de la selva.  Pero no es suficiente.  Además hace falta planificar:  estudiar todas los obstáculos que se pueden presentar y tener una solución para cada uno.  Y finalmente hace falta prepararse mentalmente para enfrentar montones de otros obstáculos que ni siquiera se imaginaron o que resultan mucho peor de lo pensado.

De eso se había tratado mi vida los últimos meses.  El entrenamiento físico, si bien era pesado y demandaba mucho tiempo -unas 15 o 20 horas semanales-, ya estaba incorporado en mi rutina y empezaba a hacerse llevadero.  A la planificación, en cambio, sentía que no le dedicaba el tiempo necesario.  Probablemente era pura obsesión mía, pero tenía la impresión de que también se estaba convirtiendo en una rutina y eso era muy peligroso.

En retrospectiva seguramente no era así, y los que me rodean dirían que no dejaba nada librado al azar.  Desde lo prudente, como consultar a un epidemiólogo y darme todas las vacunas y conseguir todas las medicinas necesarias; hasta lo óptimo como torturar a Nutricionista una y otra vez con el plan de alimentación; pasando por lo simplemente práctico como estar atento a qué amigo viajaba dónde para que me trajera algún elemento necesario que no se conseguía en el país.

En la planificación lo más importante una vez más era el peso a cargar.  La carrera exige que todo lo necesario durante la semana, incluidos varios elementos obligatorios, sean llevados por los corredores.  Lo único que la organización provee es agua potable, y no se puede recibir ninguna ayuda externa. 

Repaso constantemente una y otra vez la lista para ver donde puedo reducir peso, pero no tengo mucho éxito.  Ya reemplacé las caramañolas originales por botellas de agua mineral, ahorrando casi 100 g.  Más importante todavía: con la ayuda de Ingeniero, reembalé todas las comidas deshidratadas en bolsas plásticas.  Otro ahorro significativo.



¿Ansioso yo?

A medida que se acerca la fecha mi ansiedad aumenta.  Una noche, durante una cena en casa de amigos, no puedo dejar de pensar en dónde habré guardado una caja de pastillas para la malaria que no puedo encontrar.  Sé que tiene que estar en algún lugar del departamento, pero el hecho de no estar buscándola hasta encontrarla me impide disfrutar de la cena.  Pienso no sólo dónde puede estar sino quién me la podría traer de España en caso de que no aparezca, y qué puedo hacer si esta alternativa tampoco es viable.  Cuando volvemos a casa la encuentro en menos de diez minutos. 

Pero mi ansiedad no baja hasta que llega el fin de semana y armo la mochila.  Una vez que está ahí, con todo lo que necesito llevar, ya siento que estoy listo para largar.  Además, pesa "sólo" 8,8 kg -sin líquido-, unos cuantos gramos menos que en Sables o Atacama. 

La alegría por haber armado la mochila calma toda mi ansiedad, por el momento.  Ni siquiera me preocupa demasiado no haber practicado el armado de la hamaca que va a ser mi dormitorio por nueve noches.  De todos modos, y para evitar sorpresas, la armo entre dos árboles de Puerto Madero ante la mirada sorprendida de dos prefectos que se preguntan si me voy a quedar a vivir ahí. 

Una vez armada la mochila el último motivo de mi ansiedad es el viaje.  De Buenos Aires a Santarem el vuelo más rápido es de 14 horas y con dos escalas. Decido quebrarlo, quedándome un día en San Pablo para que sea menos pesado y haya menos riesgos de perder equipaje en los trasbordos. 

Todo lo necesario para la carrera, excepto algunos elementos prohibidos como el cuchillo, las hojas de bisturí, etc., va en el equipaje de mano.  Eso me genera dos momentos de ansiedad por cada embarque:  en el check-in, que no me dejen un equipaje de mano de más de 10 kg; y en el control de seguridad, que me abran la mochila y tenga que explicar que todos esas bolsas plásticas llenas de polvos blancuzcos son comida deshidrata o carbohidratos. 

Por suerte la primera etapa de Buenos Aires a San Pablo va sin problemas.  Al día siguiente, y contra mi costumbre, decido salir con mucha anticipación al aeropuerto.  Pero a los quince minutos no habíamos avanzado ni 500 m.  Le pregunto al taxista si sabe si hay algún problema y con una tranquilidad budista me responde "no creo".  Le pido que encienda la radio y nos enteramos de que hay un semáforo roto que genera caos en buena parte de la ciudad.  El taxista, inmutable.  Le pido que trate de buscar otro camino y después de varios intentos fallidos que desembocan en más caos o en calles sin salida, mientras mi cabeza va a 200.000 revoluciones tratando de evaluar alternativas y buscando en el iPhone si el vuelo siguiente me permitiría llegar a tiempo, finalmente conseguimos salir a la autopista donde el tráfico es intenso pero fluido.

Llegamos al aeropuerto y otra vez la ansiedad del check-in más la seguridad, pero no hay problemas.  Cambio de avión en Belem, y otra vez seguridad.  Cuando ya creo que no hay problemas, escucho la frase desoladora “¿Esa mochila es suya?”  Respondo que sí, tratando de parecer sorprendido mientras por mi cabeza pasan imágenes de Expreso de Medianoche.  “Hay un objeto metálico…”, me dice el policía y me tranquiliza saber que no le interesan las bolsitas con polvos blanquecinos.  Por suerte me doy cuenta de que debe ser la cuchara-tenedor y la ubico enseguida sin tener que revolver mucho.  La examinan como si se tratara de un arma ultrasofisticada y después de verificar que no puedo matar a nadie a tenedorazos me la devuelven y me dejan seguir.

Pero no sería ese mi último motivo de ansiedad.  Falta recoger el equipaje a la llegada a Santarem.  Si bien, hay muy pocas cosas imprescindibles, hay algunas cosas útiles que preferiría tener conmigo.  Alguien debe haberse dado cuenta de mi ansiedad y mi bolso sigue sin aparecer cuando prácticamente todos los pasajeros ya se fueron con su equipaje.  Quedamos unas cinco personas.  Voy a hacer el reclamo y me aseguran que todavía hay equipajes llegando.  Sospecho que es una excusa infantil, pero no:  a los pocos minutos llegan unas seis valijas, entre ellas mi bolso con un cartel rojo que dice Prioridad como una burla sutil.

De Santarem en auto a Alter do Chao.  Llego al hotel a las 3:00 AM.  Pienso dormir todo lo que pueda porque no tengo nada que hacer hasta el embarque a las 18.00.  Pero seguirían las sorpresas.



Jueves--Día E (embarque)

Pum! Pum! Pum!  Los martillazos suenan como si alguien estuviera tratando de derribar la pared de mi habitación.  Tardo unos segundos en entender quién soy y dónde estoy.  Miro la hora y veo 7:01.  “No puede ser”, pienso.  Llamo a la recepción y me explican con una naturalidad pasmosa, como si me estuvieran diciendo la temperatura, que están haciendo reformas en el hotel.  Estoy tan cansado que no tengo fuerzas ni para enojarme.  Les explico serenamente, bastante inusual en mí, que no pueden vender una habitación en esas condiciones, que uno compra una habitación para descansar.  “Sí”, me responde, y me lo imagino con la misma cara con la asistiría a una clase de física nuclear.

Trato de dormirme pero es imposible, aun con los tapones para los oídos que llevo para la carrera.  Al rato me golpean la puerta y me ofrecen cambiarme de habitación.  Salgo medio vestido y me tiro literalmente sobre la otra cama.  Logro dormir otro par de horas.

Finalmente me levanto, desayuno y salgo para un trote tranquilo.  El paisaje es muy lindo, a orillas del río Tapajós con una playa de arena.  El calor es agobiante, preámbulo de lo que me espera.  Almuerzo y tarde de descanso.  A las 17:00 recojo mi equipaje y voy al muelle de embarque, a esperar el barco que me llevará al campamento base, donde dentro de tres días se largará la carrera. 

Lentamente van llegando otros corredores, las presentaciones de rigor, las conversaciones obvias.  Pasan las 18:00, las 19:00 y nada.  Alguien divisa un barco que se acerca y suponemos que ése debe ser nuestro transporte.  Pero no se dirige al

El Tapajós desde Santarem

muelle.  “Va a la playa”, alguien dice.   Sin saber de dónde sacó esa información todos lo seguimos caminando unos 800 m por la arena con nuestro equipaje a cuestas.

Primera sorpresa:  el barco obviamente no puede llegar literalmente a la playa, queda a unos diez metros.  Hay que mojarse los pies y subir por una escalera enclenque con los bolsos.  Me saco las zapatillas para tratar de mantenerlas secas por lo menos hasta que empiece la carrera.



El barco tiene dos pisos donde se pueden colgar unas cincuenta hamacas en cada uno.  Acomodo la mía como si fuera un experto, me preparo mi primera cena liofilizada y me decido a encarar la primera noche de mi vida en una hamaca.  Tenemos unas 12 horas de viaje según la organización.

Armando las carpas en el barco


Listo para dormir




Viernes—día C (Control)

Si tenía alguna sobre si iba a poder dormir bien en la hamaca se me va enseguida.  Me quedo profundamente dormido.  Me despierto sin tener mucha noción del tiempo y me corro ligeramente el antifaz para tener una idea del momento del día y se me llenan los ojos de luz.  Me quito el antifaz y veo a todo el mundo corriendo hacia fuera del barco.  “Me dejan solo”, pienso entredormido y me levanto sobresaltado.  Pero no.  El barco hizo una parada intermedia en una playa para que nos demos un chapuzón.  “Ya habrá otra oportunidad”, pienso mientras vuelvo a dormir a la hamaca.


Chapuzón en el Tapajós

Algunas horas más tarde llegamos al campamento base.  Como sucedería con la gran mayoría de los campamentos, está a orillas de un río y seguramente –aunque no lo vemos directamente- cerca de un pueblo porque siempre hay gente local.  Nos recibe un grupo de chicos que nos alegra la mañana.


Armo la hamaca –ya me siento un experto- y espero el control de los elementos obligatorios.  Después retiramos el número, que lo elegimos cada uno de nosotros y a descansar.


Campamento base

El tema del baño está muy bien resuelto:  un simple pozo en el suelo arenoso con dos tablas para apoyar los pies y rodeado por una especie de biombo de hojas de bambú.  Sencillo y eficaz.





Sábado—Día B (Briefing)

Ya duermo como si toda la vida hubiera vivido en una hamaca.  Me despierto una sola vez a medianoche porque siento frío –la temperatura debe ser de unos 20º pero durmiendo el cuerpo se enfría-, me pongo mi mameluco de pintor (tyvek) y sigo como si nada.

Otro día tranquilo.  Hoy es terminar de armar la mochila y escuchar las instrucciones de parte de los bomberos brasileños y los médicos ingleses.

Lo primero es bastante patético.  Es más una clase tipo quinto grado sobre la variedad de serpientes, arañas y jaguares que una explicación concreta de qué hacer en situaciones específicas.  El tipo de consejo que recibimos es:  “si los pica una serpiente, mátenla y llévenla corriendo hasta el primer puesto de control”.  Utilísimo.


Por suerte lo segundo es un poco más concreto, nada nuevo pero siempre está bien que refuercen los conceptos de hidratación, alimentación, electrolitos, etc.

Lo más divertido es el traductor.  Un fotógrafo local que parece salido de una película cómica.  Domina bien el inglés, pero sus traducciones parecen las de Benny Hill:  no presta atención a lo que hablan y dice lo que se le ocurre.  Los brasileños se pierden las explicaciones de los médicos y los demás las explicaciones de los bomberos.

El resto del día sirve para ir conociendo gente.  Como siempre hay algunos muy fuertes, como Ruth, que salió segunda en el Espartatlón en 2011, Mario que tiene el récord en hacer Badwaters ida y vuelta consecutivamente, o Penbin, que participó de Running the Sahara pero se retiró después de 86 días de correr en el desierto.  Varios veteranos de Sables, UTMB, Ironmans, etc.  Y alguno que otro más aventurero, con menos experiencia pero muchas pilas.  Como siempre en estos casos, el ambiente es de mucha camaradería.

Después, a entregar el bolso.  Mi vida en la próxima semana es lo que tengo puesto y la mochila.



Domingo—Dia 1:  La largada

El primer día siempre hay un poco de ansiedad.  Shirley –la directora- nos había dicho que era una etapa corta -22,77 km- y relativamente sencilla.  Para evitar problemas con la aclimatación disponen un descanso obligatorio de quince minutos en cada puesto de control.  Esto me preocupa un poco porque sospecho que no va a estar bien controlado, pero reglas son reglas.

Johnnie, Jan, Mark y un servidor

Largamos a las 7:00.  Empiezo a un ritmo sostenido pero tranquilo, yo sé que la carrera es larga y lo importante es llegar entero hasta el último día.  Enseguida entramos en la selva y empiezan las sorpresas, positivas y de las otras.  Como me imaginaba, a los pocos minutos de largar estoy solo.  Muy de vez en cuando veré a alguien adelante pero en general la sensación es de soledad absoluta, por lo menos en lo que a humanos se refiere, porque los sonidos son constantes:  cantos, graznidos, algo parecido a un rugido suave (probablemente haya sido el sonido de un ave tipo búho, exagerado por mi imaginación), y el movimiento constante de las hojas y de las ramas.  Algo hay, pero no se ve.  Además, porque el rango de visión es de cuatro o cinco metros, con suerte.  Y eso incluye hacia arriba, porque si uno quiere ver un pedacito de cielo tiene que buscarlo con atención.

Correr en la selva es más complicado de lo que me imaginaba.  El terreno es continuamente ondulado.  Me impresiona el poder de destrucción -y obviamente de reconstrucción- de la naturaleza.  El suelo está cubierto de un colchón de hojas por lo que generalmente no sé donde piso.  Puedo encontrar terreno firme, un pozo, un tronco caído, etc.  Y sobre todo puedo encontrarme con una especie de yuyo muy delgado, casi como un hilo de barrilete, pero increíblemente resistente.  Tanto que las primeras dos veces que me engancho supongo –erróneamente- que con solo empujar el pie lo voy a quebrar.  Termino de cara contra el piso.  Aprendo a levantar más las piernas y frenarme cuando me engancho, aunque parezca un hilo de coser.

El otro aspecto sorprendente es la cantidad de árboles caídos.  Cada pocos metros hay que saltar alguno.  Van de los cinco a los cincuenta centímetros de diámetro y pueden estar a ras del piso o apoyados sobre otros troncos.  A veces tengo que treparlos y otras es más fácil pasarlos por abajo.  Y otras veces me dan la sorpresa de que están comidos por las termitas y se quiebran como papel apenas pongo un pie encima.  Me doy unos cuantos golpes, pero estoy fascinado aunque el ritmo es más lento de lo que pensaba.

El recorrido está marcado perfectamente.  Cintas cada dos o tres metros.  Imposible perderse si uno está atento.  Estoy gratamente sorprendido.

Llego al primer puesto de control y segunda sorpresa positiva.  Hay dos médicos y tres o cuatro personas auxiliares.  Son los médicos los que registran la hora de ingreso al puesto de control y dan la orden de partida.  Funciona perfectamente.  El resto del personal llena las caramañolas y hasta nos ayudan a quitarnos la mochila si queremos.

El puesto de control está exactamente antes de un arroyo que tendremos que cruzar apenas salgamos.  Pienso si valdrá la pena sacarme las zapatillas para no mojarlas, pero veo que nadie lo hace.  Aprovecho para refrescarme porque aunque el sol no nos da directamente el calor se hace sentir y la humedad da sensación de sofocación.


Apenas cruzo el arroyo pienso que menos mal que no me saqué las zapatillas.  Entramos en un pantano donde nos enterramos hasta la rodilla.  Esto no es nada agradable, aunque yo sigo fascinado por la variedad de terrenos y circunstancias.


Sebastián en el pantano

Por suerte son solo un par de kilómetros –aunque tardo siglos en completarlos- y volvemos a la selva común primero y después a un sendero donde se puede correr un poco.

Segundo puesto de control y la misma rutina.  Me sorprende Carla, una brasileña que entra atrás mío a los gritos diciendo que se había perdido.  No me puedo explicar cómo, ya que el circuito estaba perfectamente marcado.  Un par de día más tarde entendería.

Más sendero, tercer puesto de control y otra vez selva, pero esta vez con una subida, mejor dicho una trepada bastante complicada.  Voy en “cuatro patas” y cuando puedo aprovecho los árboles más delgados para agarrarme y “tirarme” para arriba.  No es muy larga, pero enseguida viene la bajada y no sé qué es peor.  Es muy empinada y yo tengo muy mala técnica para las bajadas.  Para no hacerla a paso de tortuga decido ir largándome contra los árboles para frenarme.  Funciona, pero quedo todo golpeado.

Termino en 4 h 28’ –incluyendo la hora de descanso obligatorio- en la 13ª posición, bastante mejor de lo que esperaba.  (Más tarde nos enteraríamos que largamos 64 y que por primera vez en la historia de la carrera no hubo abandonos el primer día).

El campamento está cerca de un río, así que dejo la mochila y voy vestido como estoy y me meto al río.  El río arrastra sedimentos y el fondo es barroso, pero sirve para refrescarme y sacarme la suciedad gruesa.

Me pongo mi ropa “de estar”, almuerzo, armo la hamaca, y otra sorpresa agradable:  dos masajistas a nuestra disposición.  Impecable.  Un lujo que la organización haya pensado en esto.  No llegaron los mails y eso me desilusiona un poco, pero por suerte puedo escribir, aunque tengo que hacerlo dos veces porque la primera desapareció en el éter.


Estoy entero y me siento bien.  El único motivo de incomodidad es que para ahorrar peso no traje chancletas ni otro calzado que no sean las zapatillas y creo que habría hecho falta.  Las zapatillas no me las puedo poner porque están empapadas y el terreno es bastante irregular para ir descalzo, sin contar con las hormigas que me viven picando.

En el briefing nos confirman algo que se venía comentando en el campamento y que yo hubiera preferido que no fuera verdad:  El día siguiente empieza con un cruce de un río, el mismo en que nos habíamos refrescado, que tendrá unos 200m de ancho.  Hay que nadar.  Van a poner una soga para los que no estén muy seguros –yo primero en la lista- pero recomiendan no confiarse mucho porque generalmente la gente hace fuerza hacia abajo y se hunde más.  No me resulta una perspectiva agradable.



Lunes—Dia 2:  Salimos nadando

A pesar de la preocupación por el nado, duermo como un angelito.  Evidentemente el cansancio ayuda.  Cumplo con mi rutina de desayuno, ir al baño, cambiarme, armar la mochila.  La primera duda que tenía se resuelve sola:  no sabía si cruzar el río con las zapatillas puestas o guardarlas en la bolsa para mantenerlas secas.  Siguen empapadas desde ayer, igual que las medias.  No va a haber diferencia.

Tuve la precaución de traer una bolsa impermeable para guardar la mochila y todo lo demás.  Pero en mi inexperiencia –e ignorancia- no estoy seguro de si flotará.  Si flota tengo alguna chance.  Pero si se hunde yo la sigo.  A mí me cuesta mantenerme a flote 20m en la pileta, no sé como voy a hacer para nadar 200m, vestido de corredor y arrastrando lastre.

Largamos a unos 20m de la orilla y enseguida al río.  Apenas entro al agua y veo que la bolsa flota me relajo.  Al final no voy a tener problemas en cruzar el río, usando solo esporádicamente la soga, por seguridad más que nada.  Lo cruzo rapidísimo para mis estándares (2’30”) pero después tardo siglos en rearmar la mochila.  Y es que la Raidlight Evolution es una mochila fantástica por un montón de factores pero no es sencillísima de armar.  Cuando empiezo a correr veo que los que quedan son solamente los que caminan todo el tiempo.  Empiezo a pasar a varios pero cuando hago menos de 1 km se me cae la hamaca.  Paro, me saco la mochila, la ajusto y me la vuelvo a poner perdiendo otra vez tiempo.


Evidentemente hoy no va a ser un día de grandes resultados.  Así que trato de mantener un ritmo constante y voy pasando bastante gente.  En el primer puesto de control ya estoy 40º.  El recorrido es todo por la selva, ondulado pero sin grandes subidas ni bajadas, aunque siempre con algunas “sorpresas”.  Hoy tengo más confianza y puedo correr un poco más.  No me caigo, aunque estoy a punto un par de veces y le di un par de cabezazos a unos troncos que estaban cruzados.

No me cruzo con fauna grande pero tengo la extraña sensación de estar rodeado. Lo único que veo son unas mariposas enormes de colores brillantes.

Al final termino 22º en 4 hs. 33’ (incluidas las tres paradas obligatorias) para 23.38 km.  No está mal por como había empezado.

El descanso transcurre con lo que ya es una rutina:  armar la hamaca en el mejor lugar disponible, ir al río a refrescarme, almuerzo, masaje y descanso.  Todo entremezclado con charlas y aliento a los que van llegando.

En una de esas charlas aparece una noticia vergonzosa:  durante un control a Carla –la misma brasileña que el día anterior se había quejado por haberse perdido- le encontraron la mochila sin nada de comida y sin la hamaca!!  Eso confirma lo que muchos sospechábamos:  que algunos brasileños –no todos- reciben ayuda extra de la gente local.  Lamentablemente Shirley no se anima a descalificarla y se limita a aplicarle una penalidad, lo que terminaría influyendo en el resultado final de la carrera.



Martes—Día 3:  Final con sorpresa

Hoy supuestamente es la etapa más dura:  37,87 km con mucho desnivel.  La largada es otra vez cruzando un río, esta vez un poco más ancho –unos 300m-  pero ya me siento con más confianza.  Esta vez tardo mucho menos en rearmar la mochila.


Como es una etapa larga y el desnivel promete ser pesado salgo con una estrategia conservadora:  correr en las partes planas o en bajada y marchar en las subidas, por leves que sean.  Al final funcionaría a la perfección, pero no sería tan sencillo.

Casi toda la etapa es por la selva.  Aunque ya tengo más práctica, igual no es fácil correr por el suelo cubierto de hojas, con literalmente miles de troncos de todo tamaño cruzados, moviéndome continuamente en zigzag y tratando de evitar los “cables” que se me cruzan en los pies.

Los desniveles son constantes y pronunciados.  En las subidas me ayudo con palos y a veces tengo que “trepar” agarrándome del piso con las manos.  Pero lo que más me cuesta son las bajadas.  Pruebo de todo.  Primero trato de hacer “culopatín” sobre las hojas, pero me resulta incómodo y se me llena el pantalón -y lo que hay adentro- de tierra.  Vuelvo a mi método primitivo de “tirarme” contra los árboles para frenarme, pero los golpes me molestan cada vez más y me doy cuenta de que no puede ser bueno para mi cuerpo.  Hasta que hago un descubrimiento excepcional:  las lianas.  Me agarro de las lianas con las dos manos y bajo corriendo como loco unos cuantos metros hasta que cambio de liana y así sucesivamente.  Me siento un Tarzán a ras del piso.

Marcus y Ruth subiendo

La estrategia va dando resultado.  Al principio me pasan varios, pero lentamente voy recuperando posiciones.  Ya en el primer puesto de control encuentro algunos corredores que normalmente terminan adelante mío.  Antes del segundo puesto paso a un par más.  A partir del segundo puesto de control voy solo todo el tiempo.

No puedo creer la densidad de la selva.  El circuito está perfectamente marcado, pero tengo la sensación de que si me alejo 20m nunca me vuelven a encontrar.  Sigo sin ver fauna, pero los sonidos son impresionantes.  En un momento hay tantos cantos y chirridos que aturden.

Carlos bajando

En el final de la etapa pasa una de las cosas más bizarras que haya visto en una carrera.  Llego al cuarto puesto de control –después de correr más de 25 km solo- y lo veo a Marcio sentado, sin la mochila, descansando con total tranquilidad.  Me sorprendo porque él es un corredor mucho mejor que yo y no parece estar lesionado ni particularmente cansado.  No termino de saludarlo que llega Carla –la misma de todos los problemas y novia de Marcio- a los gritos pidiendo agua.  Me vuelvo a sorprender, esta vez de que me haya alcanzado en un sector con tanto desnivel.  Pero el más incómodo parece Marcio: se levanta inmediatamente, se pone la mochila y le dice a Carla que él se va adelantado, que ella lo alcance.

Lleno las caramañolas y sigo, pegado atrás de Carla.  Visiblemente incómoda me dice si quiero pasarla.  Le digo que no, que el ritmo está bien.  Es una subida leve y vamos a paso vivo, exactamente como yo quería ir.  Unos dos minutos más tarde escuchamos los gritos de Marcio “Jaguar, jaguar”.  Carla repite los gritos “jaguar, auxilio!” pero curiosamente sale corriendo hacia donde supuestamente está el jaguar, mientras mira para atrás a ver qué hacía yo.

Unos trescientos metros más adelante está Marcio, parado con un enorme cuchillo en la mano y Carla al lado.  “Hay un jaguar”, me dice.  Me parece un cuento enorme, así que le digo que si vio un jaguar debería volver al puesto de control, que está a menos de 700 m y contar lo que vio.  “No”, me dice, “sigamos con cuidado.”

Otra vez me piden que los pase, pero les digo que no puedo ir a un ritmo más rápido.  Hasta que la pendiente se hace un poco más empinada y ahí es evidente que es Carla la que no puede mantener el ritmo.  Los paso, porque a esta altura ya me están frenando, mientras me termino de convencer de que es imposible que Carla me haya alcanzado en la zona de mayor desnivel.

Cada vez oigo más distantes las voces de Marcio y Carla hasta que desaparecen definitivamente.  Pero unos 300 m antes de la llegada de la nada aparece Marcio y me pasa.  Un par de minutos atrás mío llega Carla.

Volviendo a mi carrera, fueron 7hs 4’ y terminé 10º.  Estoy hípercontento.  El Garmin marca más de 1.300 m de desnivel.

Pero no puedo dejar de pensar en estos dos.  Ya había rumores de que cortaban camino en la selva, ayudados por la gente local.  Les pregunto a un par de americanos, a los que pasé en el segundo puesto de control, si la habían visto a Carla en carrera.  Como yo los pasé a ellos en carrera y ella me alcanzó a mí, tendría que haberlos pasado primero a ellos.  Me dicen que no, que nunca la vieron.  Así que decido ir a hablar con Shirley, la directora de la carrera.  Le cuento lo sucedido y se muestra muy preocupada.  Le digo que controle los pasos por cada puesto de control y que hable con los corredores que deberían haber pasado en carrera.  Me dice que lo va a hacer y que va a descalificar a los involucrados porque están afectando la seriedad de la carrera, cosa con la que no puedo estar mas de acuerdo.

Lamentablemente, al final no hará nada.  Probablemente preocupada por la reacción de la gente local, de la que depende para la organización de la carrera.  Pero no deja de ser una mancha para una carrera que en otros aspectos tiene muchísimo de elogiable.

Dejando esto de lado, el resto del día es como de costumbre.  Aunque esta vez estamos en el medio de la selva, no hay un río cerca, por lo que tengo que usar el viejo método del desierto:  lavarme con una toallita embebida en poco agua.

Lo duro de la etapa hace que muchos corredores lleguen bien entrada la noche.  Ya empieza a haber varios abandonos.

Como hoy estamos en medio de la selva ponen guardias armados para vigilar que no se acerquen jaguares al campamento.  Escucho varios tiros, pero lo único que veo es una sanguijuela que se pegó a la pierna.




Miércoles—Día 4:  El Río

Hoy la distancia es aproximadamente la misma pero con mucho desnivel y sin cruzar ríos nadando.  Pero hay un sector de unos 2 km que hay que hacerlos por un río corriente abajo.

Salgo otra vez a un ritmo tranquilo y constante.  Me siento bien y no estoy excesivamente cansado.  Los primeros kilómetros son bastante llanos, o mejor dicho no tienen desniveles pronunciados, y se puede correr casi todo el tiempo.

A los 12 km aparece el arroyo.  Hay que meterse y seguirlo corriente abajo.  “Pueden flotar y dejarse llevar” había dicho Shirley, cosa que parece razonable.  Pongo la mochila en la bolsa impermeable y adentro.  No es tan fácil dejarse llevar.  El río está cruzado por árboles a todas las alturas:  a ras del agua que hay que saltar; por arriba, lo que obliga a bucear para pasarlos por abajo; y los peores de todos:  debajo del agua, que no se ven porque el agua es turbia, arenosa.  Si me dejo llevar me vivo golpeando.  Así que decido ir despacio:  los golpes son los mismos, pero menos violentos.  Tengo las piernas totalmente machucadas, pero me divierto como loco.


De a poco el río se va secando y se convierte en un pantano.  Esto ya no es divertido.  Trato de pisar las partes con vegetación para no hundirme, pero muchas veces no puedo evitar enterrarme hasta el muslo.  Esto no es tan divertido.


 Salgo del pantano y empieza una parte chata, para correr.  Después de unos tres kilómetros encuentro un pequeño arroyo para sacarme un poco de barro que ya se está secando y se pone pesado.  Esta parte es bastante abierta y por lo tanto soleada.  Se hace interminable.

Al final fueron 37,09 km en 6 hs 44’.  Poca diferencia con ayer a pesar de que era un día supuestamente más tranquilo.  Repito la rutina pero me voy a dormir temprano porque mañana es la etapa larga y largamos a las 4:30.  Tengo que cambiar de lugar la hamaca porque Carlos, uno de los brasileños de la organización, me advierte que hay un panal de abejas en el árbol donde la armé.  Su consejo es oportuno porque encuentro varias abejas enredadas en el pelo a pesar de que lo tengo muy corto.  A pesar de lo oportuno del consejo, me generaría otro tipo de problemas.



Jueves—Día 5:  La etapa larga

Hoy es el día clave.  Son 108 km.  Tenemos dos días para completarlos, pero normalmente lo ideal es completar estas etapas “largas” de un solo tirón por dos  motivos:  primero para tener un día entero para descansar.  Y segundo porque el reloj no para, es decir el tiempo que se dedique a descansar o dormir suma para el total de la etapa y de la general.

Esta, además tiene un desafío extra.  Hay que cruzar el quinto puesto de control (km 58) antes de las 14:30 de lo contrario hay que esperar ahí hasta las 6:00 del día siguiente, por lo que se perderían quince horas y media.  El motivo es que después viene una etapa de selva y al atardecer bajan los jaguares a alimentarse.  Obviamente la organización no quiere correr riesgos.

Mi estrategia es simple.  Llegar al quinto puesto de control apenas antes del tiempo límite, forzando si es necesario, y después tomármelo con calma.  Ir de puesto de control en puesto de control con la idea de completar todo seguido.

El inicio es complicado.  Duermo mal.  Al cambiar de lugar de la hamaca cometo el error de colocarla en un sector donde hay mucha gente de la organización que no tienen tanta urgencia por descansar y charlan hasta tarde –lo que para mí es cualquier cosa después de las 20:00-.  Pero sospecho que lo que más influye es la ansiedad.  Nunca me ha ido bien en estas etapas largas y espero tener revancha esta vez.


Concentrándome

De todos modos me levanto bien y con mucha energía.  Organizo todo y voy a la largada.  Según el briefing de Shirley hoy vamos a largar por la playa, cruzando primero por un pequeño arroyo -puro sadismo para hacernos ir por la arena con las zapatillas mojadas, pienso-, y luego alternaremos entre la calle y la playa.

Salimos puntuales a las 4:30 con linterna frontal porque obviamente es de noche.  En la playa hay señales lumínicas pero todos vamos relativamente relajados porque basta seguir la costa.  Hasta que después de poco menos de una hora de carrera, Duncan, el líder de la general y un caballero, nos reúne a los que venimos inmediatamente detrás.  Sin que nos diéramos cuenta en algún momento desaparecieron las señales.  Duncan propone que sigamos juntos por la playa hasta que encontremos señales o aparezca alguien de la organización.  Sabemos que en algún momento deberíamos dejar la playa y salir a la ruta, pero no se ve una salida entre los médanos y corremos el riesgo de perdernos.  Todos estamos de acuerdo excepto Carla y Marcio que siguen adelante pretendiendo no haber escuchado el llamado de Duncan.

Seguimos y la arena seca comienza a hacerse húmeda primero, barro después y pantano finalmente.  Esto no estaba previsto.  En el briefing nunca nos habían dicho que habría pantanos.  Evidentemente estamos perdidos pero no hay otra alternativa que seguir.

Finalmente encontramos a alguien de la organización que nos indica la salida a través de los médanos.  Ya es de día y volvemos a correr cada uno por su lado.

A los pocos minutos llegamos a un arroyo que hay que atravesar.   Es angosto, unos 10m, y hay una soga para sostenerse.  Estoy tan confiado de cruzar arroyos que entro sin ningún preparativo.  Lo que no sabía es que a pesar de angosto es bastante profundo, después del segundo paso dejo de hacer pie y caigo como una piedra.  Nada grave, salgo inmediatamente.  Pero al llegar a la orilla me doy cuenta de que perdí la linterna que llevaba en la cabeza.  Ahora no es problema, pero se me va a complicar cuando llegue la noche.  De todos modos, no es momento de preocuparme, hay mucho por correr todavía.

A pesar de todos los inconvenientes paso el primer puesto de control (km 11) debajo del promedio necesario para llegar bien al quinto puesto de control.  Cargo agua y sigo sin perder tiempo.  Se alternan partes de camino y partes arenosas, con algunas subidas y bajadas pero puedo correr casi siempre.  Llego al segundo puesto de control (km 20) con 25 minutos de ventaja sobre el promedio, estoy muy contento.  Pero acá se empieza a complicar.  Entramos en la selva.  Otra vez el camino sinuoso, el paso cuidadoso, y las subidas y bajadas.  Bajo obligatoriamente el ritmo pero estoy tranquilo por la ventaja acumulada.  Además, estoy pasando gente, lo que me motiva aún más.

En eso, Gustavo, que está enfrente mío se detiene y me pregunta si veo marcas.  Me maldigo a mí mismo porque había venido siguiendo escrupulosamente las marcas hasta que lo vi a él delante mío y me concentré en alcanzarlo.  Tengo que admitir que no, estamos perdidos.  Volvemos más de 1 km sobre nuestros pasos y ahí sí encontramos las marcas sobre una bifurcación a la izquierda.


Tratando de no perder tiempo en la selva

En el tercer puesto de control (km 29) ya perdí toda la ventaja que llevaba.  No me preocupo porque pienso que la selva me demoró y en otro terreno voy a recuperar.  Me equivoco.  Dejo el puesto de control y volvemos a entrar en la selva.  El Garmin me indica inexorablemente que voy perdiendo ritmo kilómetro a kilómetro.  Trato de acelerar el paso pero me caigo y decido que es mejor ser prudente y no perder todo torciéndome un tobillo.  Estoy un poco desanimado.  Alcanzo a Jack, que me pregunta si creo que vamos a llegar a tiempo al quinto puesto de control.  “Está difícil”, le respondo tratando de ser optimista.

Alrededor del km 40 salimos a la ruta.  Mi ritmo aumenta, pero el cansancio se hace sentir.  Además, ahora el sol me da de lleno.  Es un camino ondulado, con suaves subidas y bajadas.  Corro en las bajadas y trato de avanzar lo más rápido posible en las subidas.
Llego al cuarto puesto de control (km 50) y me dicen:  “tenés una hora y media para hacer 9 km”.  En otras circunstancias sería fácil, pero ahora siento que estoy al límite.  De todos modos no voy a dejar de intentarlo.  Por suerte es todo camino.  El sol agobia, pero el piso es sólido, aunque se repiten las subidas y bajadas.

Llego al quinto puesto de control a las 14:17, 13 minutos antes del límite.  Me abrazo con Shirley y choco palmas con los otros corredores que están ahí (Johnnie, John, Jack y Marcus) y me relajo.  El primer gran objetivo está cumplido.

Curiosamente tengo ganas de ir al baño –raro durante una etapa, pero por otra parte llevo casi diez horas corriendo- y necesito untarme con vaselina porque estoy muy paspado.  Los médicos están atentos, verificando todo lo que necesitamos.

Llega Sebastián y después Ruth, un puñado de minutos antes del límite.  En total sólo doce logramos hacerlo.


Shirley nos saca de nuestro mini descanso.  “En dos minutos no puede haber nadie acá, o se queda hasta mañana”.  Esa perspectiva nos pone en movimiento.  Yo voy muy relajado, ahora sí realmente camino y trato de disfrutar de la selva.  Hay 15 km hasta el próximo puesto de control, no tengo apuro en llegar y cuando llegue decidiré qué hacer.  Me siento fuerte, pero me viene bien bajar el ritmo.  Saco el premio que me había guardado por si conseguía pasar este puesto a tiempo:  unas cuantas fetas de jamón crudo.  Me parecen exquisitas, objetivamente son lo mejor que comí en una semana pero se siente mucho más que eso.

Lentamente voy subiendo el ritmo, tanto que los paso a Jack y Marcus.  Empiezo a quedarme sin agua cuando me alcanza Sebastián.  Se acaba la selva y salimos a un camino.  Ahí podemos correr unos kilómetros, pero ahora no hay sombra y el sol agobia bastante a pesar de que son casi las 17:00.

Al rato entramos en la playa y llegamos al sexto puesto de control (km 72).  Lo primero que hago es sacarme la mochila y meterme con toda la ropa en el mar para refrescarme.  Pregunto cómo es el camino hasta el próximo puesto de control y me dicen que son 7 km por la playa.  Me apuro a salir porque no quiero que me sorprenda la noche sin linterna.  Sebastián decide quedarse a descansar un rato.

Trato de mantener un ritmo constante pero el cansancio se hace sentir y la arena blanda no ayuda.  Empieza a oscurecer pero no me preocupo porque pienso que es imposible perderse siguiendo la playa.

Cuando ya está completamente oscuro alcanzo a alguien que avanza lentamente por la playa con una mochila.  Suponiendo que es un corredor le pregunto quién es, porque no lo reconozco.  “Soy de la organización”, me dice, “estoy colocando las marcas”.  En efecto estaba colocando las marcas fluorescentes para la noche.  “Un poco tarde”, pienso.  Le pregunto si es siempre derecho y me dice que sí, “…hasta que hay que cruzar el lago”, agrega casi al pasar.  “¿Cómo cruzar el lago?”, le pregunto con una mezcla de indignación y de sorpresa.  No me imagino cruzando un río de noche sin luz.  Hay luna llena pero no es suficiente.  “Sí”, me confirma, “hay que cruzar un lago al final de la playa”.  “Qué tan profundo”, le pregunto.  “Hasta el pecho”, me dice.

Sigo avanzando esperando que no se haya equivocado en su estimación.  No me veo nadando a oscuras.  Y tampoco puedo volver atrás más de 5 km.  Empiezo a pensar que voy a tener que pasar la noche en la playa.

Al final de la playa los encuentro a Jan y Johnnie.  Están indignados.  No ven más marcas y no saben para dónde ir.

–Hay que cruzar el lago  –les digo.
¬¬¬–¿Estás seguro?  ¿Para dónde? –me preguntan con lógica sorpresa.
–No lo sé, vamos a esperar que llegue el encargado de las marcas –es lo único que atino a decir.

Cuando llega, Jan lo quiere matar.  Hace más de una hora que está esperando sin saber dónde ir.  Aunque enseguida entiende que la culpa no es de quien pone las marcas sino de la organización.  Guardamos la mochila en la bolsa impermeable y empezamos a cruzar.  Son unos 150m y no es tan profundo, el agua me llega al pecho, aunque el fondo es barroso y tengo miedo de hundirme en cualquier momento.

Salgo del agua con frío, no fue tan agradable el baño nocturno.

–¿Ahora seguimos la playa? –le pregunto con más esperanza que curiosidad.
–Sí, quinientos metros hasta el próximo cruce.
–¿Cómo “próximo cruce”?  ¿Otro más?”, – pregunto ya sin fuerzas para enojarme.
–Sí.
–¿Y cómo es?
–Un poco más largo y un poco más profundo.
–¿Hay más?
–No, es el último hasta el puesto de control.

Llegamos a la orilla y Jan, Johnnie y el marcador van adelante rápido.  Yo trato de seguirlos pero voy más lento en el agua.  Por lo menos trato de no perder de vista las luces.

Al final serán unos 200m, pero por suerte no tuve que nadar.  Cuando llego del otro lado los perdí de vista y estoy un poco desorientado.  Veo un par de marcas y supongo que es para ese lado de la playa.  Después de poco menos de dos kilómetros llego al séptimo puesto de control (km 80).

–¿Cómo sigue? –pregunto al médico inglés y los bomberos brasileños que están ahí.
–Playa y después hay que cruzar un río.
–¡Otro más! –ya me parece que me están cargando.–  ¿Cómo es?
–Un poco más largo y más profundo que los anteriores –llega la respuesta tan temida.

Decido que ahí se acabó mi día.  Fueron ochenta kilómetros en 16 hs y 17 minutos.  Seguramente podría seguir hasta el próximo puesto de control si fuera solo correr –o caminar, a esta altura del día-.  Pero son casi las nueve de la noche, estoy sin linterna, el camino está evidentemente mal señalizado, y no estoy en condiciones de nadar.  Acá me quedo.

Hablando con el personal del puesto me preocupo un poco –y confirmo me decisión-.  Me dicen que Jan y Johnnie nunca pasaron por ahí –al otro día me enteraría de que siguieron la costa en el sentido opuesto al correcto, pero como estamos en una isla relativamente chica, igual encontraron el lugar de cruce-.  Les pido que avisen al sexto puesto de control que el recorrido no está bien señalizado y que hay riesgos de que se pierdan.  Me dicen que los otros cuatro corredores decidieron hacer noche allí, cosa que tampoco sería cierta.

Me lavo un poco en el río, me preparo una cena y pregunto a los bomberos si hay un lugar para armar la hamaca, ya que sin linterna no veo mucho.  “No”, me dicen.  “Son todos arbustos, había un solo lugar y lo usó el doctor”.  El doctor se ofrece a cederme el lugar de su hamaca pero le digo que no, que estoy acostumbrado a dormir en el suelo –en el puesto de control hay una lona sobre la arena- y que voy a dormir ahí.

En ese momento aparece Sebastián.  “¿Cómo llegaste?”, le pregunto y me cuenta una historia increíble.  Salió del sexto puesto poco después que yo y en un momento no encontró más marcas.  Hasta que vio unas luces del otro lado del río.  Era una parte bastante ancha, más de quinientos metros, pero como él es un excelente nadador –participa en carreras de natación de 20 km- no tuvo mayores problemas en hacerlo.  Solo que cuando llegó del otro lado le dijeron que ese era el puesto nueve, que había cortado camino y tenía que volver.  Así que tuvo que volver a nadar los 500 m y seguir el camino.

Después de comer algo me propone que vayamos juntos.  Le digo que no, que vaya él que es un buen nadador, yo no estoy en condiciones de hacerlo.  Se va y me pongo a dormir bajo las estrellas a 10 m del río en medio de una paz increíble, solo interrumpida por los ruidos de algunos animales entre los arbustos.

En medio de la noche me despierto para ir al baño y lo veo a Sebastián acostado al lado mío.  Está despierto.  “¿Qué hacés acá?”, le pregunto.  “No encontré el lugar de cruce, di toda la vuelta a la isla y volví al mismo lugar, así que decidí quedarme a descansar”.  Me vuelvo a dormir contento por haber tomado la decisión correcta.



Viernes—Día 6:  El último nado

Poco después de las 5:00 ya sale el sol y me despierta.  Desayuno, armo la mochila y salgo.  Trato de correr aun en las partes de arena blanda.  Después de unos 6 km veo un árbol caído interrumpiendo el paso en la playa.  Tiene una marca en una rama que está sobre el río.  No veo huellas de pisadas más allá pero igual decido seguir unos metros.  No encuentro más marcas.  Supongo que debe ser el lugar del cruce, por eso está la marca literalmente sobre el agua.

Guardo la mochila en la bolsa impermeable y empiezo a cruzar.  Es bastante ancho, calculo más de 300m.  En eso veo un barco que se acerca hacia mí, pero supongo que me verá y me esquivará.  Cuando estoy cerca de la mitad del río el barco se para a unos pocos metros y veo a alguien de la organización que me dice que estoy cruzando por el lugar equivocado.  “No importa”, trato de convencerlo, “sigo y hago lo que me falta enfrente”.  “No”, me responde.  “Estás yendo a otra isla.  Si seguís cruzando, igual vas a tener que hacer otro cruce”.

Así que tengo que volver, avanzar unos trescientos metros por la playa y volver a cruzar.  En un momento el río se hace profundo y tengo que nadar.  Avanzo muy lentamente y me canso mucho.  Además hay una pequeña corriente que me tira hacia atrás, por lo que no quiero parar a descansar.  Finalmente encuentro la mejor forma de avanzar: espalda.  Nado así unos cuantos metros hasta que vuelvo a hacer pie y salgo caminando.

En la otra orilla está el octavo puesto de control (km 87).  Recargo agua y pregunto si hay más cruces de río.  “No”, me responden llenándome de alegría.  “Es todo camino y playa desde acá”.  Y efectivamente será así.  Una etapa, o mejor dicho el final de una etapa, bastante monótono.  Corro en las partes más sólidas, marcho en la arena blanda, y cada tanto me refresco en el río.


Completo los 28 km de este día en 6 hs 3’, nada mal teniendo en cuenta que en el cruce del río habré perdido casi una hora.  En total fueron 32 hs 20’ para los 108 km porque el tiempo de descanso suma.  Llegué octavo en la etapa.  Estoy feliz, aunque no pude terminarla sin descanso, no fue por agotamiento físico ni malestar estomacal.  Al contrario, la alimentación funcionó muy bien.  Y es la primera vez que la etapa larga es la mejor de mis etapas, cuando normalmente es el contrario.


Mi lavandería



Sábado—Día 7:  El final

Nunca me gustaron las últimas etapas.   Probablemente porque pongo tanta energía, física y mental, en las etapas anteriores que me cuesta encontrar motivación para exigirme al máximo.  Además, porque estas etapas son más cortas y demandarían velocidad, algo que nunca es lo mío y menos con más de 200 km encima.  Si por mí fuera, preferiría una etapa controlada, tipo la llegada a París del Tour de France, como un desfile triunfal de todos los guerreros con sus heridas a cuestas.  

Pero no soy yo el que hace las reglas en este caso.  Así que hay que correr: 24 km por las playas del río Tapajós hasta la ciudad de Santarem.  La largada es a las 8:30 para dar un poco más de descanso a los que terminaron tarde la etapa de ayer, pero eso hace que vayamos a enfrentar más calor.  Por suerte la mochila está casi vacía, ya que lleva sólo la hamaca y algún que otro elemento no descartable. 

Largo tranquilo, pero decidido a ponerle garra.  A pesar de que es arena fina, corro porque ya no tiene sentido cuidar las piernas.  Mañana, y por varios días, hay descanso.  Así qué se corre hasta donde se puede y después se marcha. 

Trato de acercarme lo máximo posible a la orilla para encontrar suelo más firme, pero a veces la playa pasa sin sucesión de continuidad de la arena fina al barro pantanoso, lo que tampoco es muy agradable.  Además, como la costa del río es muy recortada, seguirla implica alargar el recorrido, por lo que todo el tiempo voy haciendo cuentas mentales para ver si conviene el trayecto más corto con suelo blando o el más largo con suelo más duro.  Al final, algo para mantener ocupada la cabeza. 

Otras veces es imposible evitar el pantano, y al salir cada zapatilla llena de barro más la arena que se le pega pesa una tonelada, por lo que no queda más remedio que meterse en el río, limpiarlas y seguir chapoteando.

El calor empieza a hacerse sentir bastante y hay un solo puesto de control, así que la administración del agua es importantísima.  Por suerte, hay varios cruces -sencillos- de brazos del río que nos permiten refrescarnos, aunque no hidratarnos porque el agua no es potable.  

Alrededor de la mitad de la etapa me pasa un grupo de tres corredores que nunca antes había visto mientras corría.  Los felicito y pienso que evidentemente para algunos la última etapa tiene una motivación completamente diferente que para mí.

En el km 18 me quedo sin fuerzas para correr, así que a partir de ahí es casi todo marcha excepto algún que otro tramo muy sólido que me inspira.  Hasta que al pasar una curva veo la llegada a unos 500 m.  Con todo el staff esperando no puedo entrar caminando, así que corro ese último tramo que, como enésima muestra de sadismo de la directora de la carrera, es todo arena fina y con una ligera cuesta arriba.


La llegada cura todos males.  Shirley está ahí para abrazarnos y darnos la medalla.  Infinitos abrazos con todo el staff y con los corredores que me precedieron. 


Frente a la llegada hay un bar reservado para nosotros con el almuerzo.  Me muero de las ganas de tomar una cerveza pero me contengo hasta no haber tomado por lo menos un litro de agua.  Cuando llega el momento, con Jan coincidimos en que es probablemente la cerveza más sabrosa que hayamos tomado.

A medida que van llegando los corredores se suman a la mesa.  Nos felicitamos y charlamos de todo un poco.  Pero no pasa mucho tiempo y ya estamos discutiendo cuál será el próximo desafío…


 Con Duncan, el ganador.  La remera lo dice todo.